La política argentina se ha convertido en un vuelo de cabotaje eterno, envuelto en turbulencias y con un servicio de a bordo que insulta la inteligencia del pasajero. Al momento de elegir quién debe conducir los destinos del país, la oferta electoral se reduce siempre a la misma pregunta de azafata cansada: ¿Pollo o pasta? No hay matices, no hay frescura y, sobre todo, no hay otra opción. El ciudadano, cautivo en su butaca, elige una de las dos bandejas sabiendo de antemano que ambas le van a caer pesadas.
Por un lado, el Peronismo, con sus dedos en V y su mística de justicia social, ha terminado por convertir la estructura del Estado en un botín de guerra. Su gran error y su marca registrada ha sido la creación de un sistema de dependencia y una corrupción que se volvió estructural, donde la ayuda al necesitado se mezcla peligrosamente con el vaciamiento de las arcas públicas. Por el otro, el Radicalismo, el partido de la pluma y el martillo que prometía la institucionalidad, ha quedado relegado a ser el eterno partenaire de coaliciones fallidas, cargando con el estigma de la falta de carácter y la incapacidad para sostener el mando en tiempos de crisis.
Cuando el hambre de cambio se volvió insoportable, aparecieron las «alternativas». Mauricio Macri y el PRO llegaron con globos amarillos y promesas de eficiencia empresarial, pero terminaron atrapados en un gradualismo tibio que no solucionó nada y un endeudamiento que profundizó el pozo. Más recientemente, la irrupción de Javier Milei y La Libertad Avanza prometió prender fuego el menú establecido con el logo del león y la motosierra. Sin embargo, en un giro tan predecible como doloroso, esa fuerza se radicalizó en sus formas y terminó salpicada por los mismos vicios de la vieja política, con denuncias de corrupción y un pragmatismo que los volvió parte de aquello que juraron destruir.
Hoy, el horizonte hacia el 2027 parece empezar a dibujar una figura diferente: la de Dante Gebel. El comunicador y líder espiritual asoma como la posibilidad de una tercera vía que escape al binarismo degastado. Su perfil, alejado de las unidades básicas y los comités, propone un cambio de paradigma basado en la gestión de valores. El interrogante, sin embargo, sigue siendo el mismo de los últimos cincuenta años: ¿podrá una nueva cara romper la inercia de un país que siempre termina cocinando lo mismo? Si la Argentina no logra generar una alternativa real y sólida, seguiremos sentados en este avión a la deriva, resignados a elegir entre el pollo reseco o la pasta pegajosa, mientras el resto del mundo ya aprendió a comer otra cosa.
Marcelo Daniel Pucheta







